Había una vez un hombre que vivía en una aldea lejana, rodeada de montañas y praderas. A pesar de que su vida parecía tranquila, había algo en él que no lograba entender. Se sentía vacío, como si algo faltara en su interior. Así que un día, mientras caminaba por las colinas, encontró un pozo seco y decidió ver si allí podía hallar lo que buscaba.
Cada día, el hombre iba al pozo con la esperanza de encontrar claridad en la oscuridad. Había oído historias que contaban que en la calma del agua se podía ver algún destello, y pensó que sí lograba ver aquella luz, su vacío desaparecería. Así que, decidido, comenzó a traer cubos de agua de otros lugares, intentando llenar el pozo seco.
Sin embargo, por más agua que vertía, el pozo nunca mantenía el agua el tiempo suficiente para reflejar nada. El agua se filtraba lentamente en la tierra, desapareciendo como si el pozo no pudiera contenerla. Día tras día, el hombre volvía, cargando más y más agua, pero siempre con el mismo resultado: el pozo volvía a estar vacío.
Un joven, curioso por ver al hombre con sus cubos, se acercó un día y le preguntó:
—¿Por qué insistes en llenar el pozo si nunca retiene el agua?
El hombre, mirando el fondo del pozo, respondió:
—Creo que si logro que el pozo se llene, podré ver cómo se ilumina la noche, llevo tiempo en sombras. Y esa luz… esa luz me dará las respuestas que busco.
El joven lo observó en silencio, sin comprender del todo su razonamiento, pero respetando su búsqueda. El hombre siguió intentando llenar el pozo durante mucho tiempo, pero siempre sin éxito. Cuanto más lo intentaba, más grande parecía hacerse el vacío en su interior.
Hasta que un día, agotado de tanto esfuerzo, dejó caer el último cubo y se sentó junto al pozo, sin fuerzas. Mientras descansaba, alzó la vista hacia el cielo por primera vez en mucho tiempo. Y allí, sobre él, vio una estrella. Era pequeña y distante, pero su luz brillaba intensamente en la oscuridad de la noche. Al verla, el hombre comprendió algo que había pasado por alto todo este tiempo.
—La estrella siempre estuvo allí —murmuró—. No necesito ver su reflejo en el agua… ya está brillando sobre mí.
Se quedó mirando la estrella durante largo rato, sin apartar la vista, sintió como de repente ese brillo lo cubrió de paz. Fue en ese momento cuando entendió que no había nada que llenar. El pozo nunca estuvo destinado a retener el agua, ni a mostrarle la luz. La luz de la estrella siempre había estado allí, brillante y constante, pero él había estado tan concentrado en lo que faltaba que no se había dado cuenta de lo que ya estaba presente.
El joven, que aún estaba a su lado, preguntó:
—¿Y ahora? ¿Vas a dejar de intentar llenar el pozo?
El hombre sonrió, una sonrisa tranquila y serena.
—Sí. Ya no necesito llenar nada. La luz que buscaba no estaba en el pozo. Siempre ha estado arriba, brillando cada noche. No tenía que traer más agua, solo aprender a mirar en la dirección correcta.
Y así, el hombre dejó de intentar llenar el pozo. Ya no se sentaba junto al borde esperando ver algo reflejado. En lugar de eso, se sentaba bajo el cielo, observando las estrellas, sabiendo que la luz que buscaba siempre había estado allí, sobre él.
Moraleja:
A menudo, nos sentimos vacíos y creemos que la solución está en llenar ese vacío con cosas externas: éxito, relaciones o posesiones. Nos esforzamos en acumular lo que pensamos que nos hará sentir completos. Sin embargo, ese vacío no está ahí para ser llenado, sino para enseñarnos a mirar desde otra perspectiva. La luz que buscamos fuera ya está en nosotros, esperando que dejemos de llenar el pozo y empecemos a ver la estrella que siempre ha estado brillando.
Soy Psicóloga General Sanitaria, con Mención en Psicología de la Salud e Intervención en Trastornos Mentales y del Comportamiento experta en clínica e intervención en trauma con EMDR, así como en Psiconutrición.
En mi práctica, empleo una corriente integradora que combina diferentes enfoques terapéuticos. Esto significa que no nos limitamos a un solo método, sino que exploramos diversas herramientas que abordan tus necesidades desde diferentes ángulos: afectivo, cognitivo, conductual, fisiológico, aspectos sociales y transpersonales.






